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Creer sin creer…

Leía hace unos días, algo que me ha hecho reflexionar: “el corazón de la persona humana está hecho para buscar y amar a Dios. Y el Señor facilita ese encuentro, pues Él busca también a cada persona, a través de gracias sin cuento, de cuidados llenos de delicadeza y de amor”, es claro que Dios se hace el encontradizo, para que efectivamente el hombre pueda finalmente descubrirle y amarle.

Parece mentira entonces, que teniendo todo a favor nuestro, es decir, pudiendo como seres pensantes, descubrir a Dios presente en nuestras vidas; tan sólo nos quedemos en el plano de la teoría. Esto me lleva a considerar que tan solo hemos aprendido a hacer teoría de Dios y en algunos casos aprovechamos el tema de Dios, para asegurarnos de manera poco convincente de cosas y puestos en la vida. Pero en el fondo no creemos, no vivimos con autenticidad y transparencia aquello que debería marcar nuestra vida.

Es triste ver que a veces quienes deberían ser modelo de amor a Dios, en la práctica nos demuestran con sus actos, una gran lejanía a todo aquello que Dios nos invita y claro el resultado es el egoísmo, la frivolidad, el desamor, el aprovechamiento y despreocupación por nuestro prójimo.

Dios nos ha dado muestra, de una y otra forma, que no hay mayor muestra de amor que aquella que nos lleva a dar la vida por los demás, sin embargo, nos afanamos en pensar en nosotros mismos, en buscarnos a nosotros mismos, Qué poco valoramos entonces el verdadero sentido del evangelio, con qué facilidad cambiamos el mensaje de salvación.

Nuestro problema es de asentimiento a las cosas de Dios, decimos creer pero en el fondo no creemos, porque lamentablemente no nos dejamos ganar por el amor de Dios. A este propósito me parece oportuno aludir a un extracto del libro de los valores de Gustavo Villapalos y Alfonso López Quintas, allí nos dicen respecto a la fe y al creer lo siguiente:

“Todos los términos que proceden de la raíz latina “fid” (fidelidad, fe, confianza, confidencia…) aluden a una relación personal estrecha, sólo posible cuando hay afinidad de sentimientos y capacidad de estar a la escucha. Una anécdota lo confirma: Un misionero de África estaba traduciendo el Evangelio de San Juan del dialecto songhai, y como no encontraba las palabras exactas para expresar lo que entrañaba la palabra creo, resolvió acudir a un africano convertido al cristianismo. El negro, después de pensar unos momentos, insinuó: ¿No quiere eso decir oigo en mi corazón?”.

De eso se trata en definitiva, de aprender a oír en nuestro corazón aquella suave y dulce voz de Dios, que día a día nos sale al encuentro, dejarnos ganar por su amor, y terminar haciendo tan solo su voluntad. Esto es lo que nos hace falta para creer de verdad.

Posteado por Marco Alberca 6:57 p. m.  

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